Cuento para niños vida Gerda Alexander creadora de la eutonia

EUTONÍA. UN CUENTO PARA NIÑOS
Susana Kesselman
Había una vez una niña llamada Gerda Alexander. Había nacido en Alemania en
1908, poco antes de la Primera Guerra Mundial.
De muy pequeña sus padres le inculcaron el amor por la música, la danza, el teatro.
A los 7 años, y ante su insistencia, la enviaron a practicar una técnica llamada
Rítmica, con un maestro que era muy amigo de la familia. No se trataba de una
escuela de danza tradicional, de ésas que hacen imitar los movimientos de los
profesores, sino de un lugar donde le enseñaban a moverse con libertad y siguiendo
su propia inspiración.
Su padre solía tocar el piano por las noches y Gerda danzaba las músicas que él
interpretaba. Poco a poco ella se fue sintiendo atraída por la idea de ser concertista.
Pero…
Siendo todavía una niña comenzó a tener dolores musculares, en las articulaciones,
problemas cardíacos. Le diagnosticaron una artritis reumatoidea. Los dolores fueron
haciéndose más intensos y los médicos le recomendaron reposo y que abandonara
sus estudios de música y de danza si quería evitar males mayores. Gerda acató las
recomendaciones de los médicos, pero igualmente sus dolores no mejoraban.
Como siempre fue una niña muy curiosa, comenzó a estudiarse, a investigarse, y
así inventó su propia medicina.
¿Cuál fue esta medicina? Prestarle atención a su cuerpo.
Empezó a observar cómo se movía, si hacía esfuerzos innecesarios, en qué partes
del cuerpo los hacía y si era capaz de dejar de hacerlos. Se preguntaba qué zonas
de su cuerpo utilizaba y qué otras olvidaba. Intentó registrar con qué acciones, con
qué ejercicios, los dolores eran más fuertes, más débiles o desaparecían. Estudió su
forma de caminar, de sentarse, de realizar movimientos en la vida cotidiana y en su
tarea artística, que no había abandonado, pero sí transformado con sus hallazgos.
Aplicó lo que iba descubriendo en todo tipo de personas. Por supuesto en niños.
También en actores, músicos, cantantes. En general en cualquier persona que
padecía dolores por hacer esfuerzos inútiles con la espalda, con el cuello, con los
hombros, y otras zonas.
Gerda cuenta que, cuando tenía veinte años, y siendo maestra de música en una
escuela de niños a quienes enseñaba a construir flautas, un día sintió un dolor muy

intenso en la mano. Por la noche debía concurrir a una cena con amigos y estaba
dispuesta a ir a pesar del dolor. Durante el viaje en el autobús, sin saber porqué,
apretó su mano dolorida y sintió algo parecido a un choque eléctrico y el dolor
desapareció. Esa noche ella no pudo dormir porque tenía la impresión de estar
descubriendo algo importante. Tomó con fuerza cada uno de sus dedos y cada vez
otras descargas eléctricas se producían. Era sorprendente que ella mejorara,
calmara sus dolores con sólo tocarse.
Al día siguiente, investigó con el cuchillo con el que hacía agujeros en el bambú de
la flauta. Hizo que las descargas atravesaran desde la mano al cuchillo y desde éste
al bambú. Y lo hizo… sólo concentrándose. Llamó Contacto a esta manera de aliviar
su dolor.
Creía que así como ella había podido curarse a sí misma, si otras personas se
investigaban, si estudiaban sus formas de moverse, de relacionarse con el cuerpo,
podrían librarse de muchos padecimientos y mejorar la calidad de vida. También le
puso nombres a la serie de toques que, como el Contacto, ella que había practicado
y que ya son parte de su Método.
El modo como descubrió el Contacto Gerda Alexander nos enseña que muchas
veces la curiosidad y la casualidad son buenas compañeras.
Gerda reflexionó sobre la educación que había recibido, no sólo en lo musical sino
en las escuelas por las que había pasado y deseaba fervientemente cambiar
algunas cosas. Decía que es necesaria una educación que desarrolle el sentido del
tacto, la visión, el olfato, la audición, el gusto, y el conocimiento del cuerpo para
poder usarlo de modo más eficiente. Una educación que interrogue las maneras de
caminar, de estar sentados, de descansar, de concentrarse, de leer, de aprender, de
comunicarse, tal como ella lo había experimentado. Gerda decía que el cuerpo era
como la casa de las personas, que se puede recorrer, tocar y experimentar con él.
La asombraron sus huesos. En el transcurso de estas experimentaciones, ella
observó que al palpar y reconocer sus huesos se encontraba con una caja de
sorpresas: formas inimaginables venían a sus dedos exploradores. Parecía que su
cuerpo se le hacía más fuerte, y al mismo tiempo, ágil y liviano… y con sólo tocar
sus huesos.

También descubrió lo sensible que era su piel. Al tocarla mediante los elementos con
los que ella experimentaba con frecuencia -pelotitas de tenis, varas de bambú,
castañas, piedras, globos- tenía la sensación más clara de su forma corporal, de sus
contornos, de los límites de su cuerpo, aquéllos que le permitían distinguir lo que
estaba adentro de lo que estaba a su alrededor. Le daba la impresión de que gracias
a la piel, todos sus órganos estaban a buen resguardo. Aprendió que en la piel hay
pequeños corpúsculos llamados receptores, a través de los cuales podía sentir las
presiones de la silla, las temperaturas del ambiente, los toques de la ropa, la
presencia de otras personas.
¿Y los músculos? Al tocar los músculos se percató de que éstos variaban de forma y
consistencia con los diferentes movimientos. Si su cuerpo descansaba, parecían
mansos, serenos, si caminaba, se mostraban más duros y hasta impenetrables para
sus manos. Los músculos, pensó, como las melodías tienen tonos diferentes,
andantes, adagios, allegros. ¿Por qué no llamar Eutonía, buen tono, a esta manera
de dialogar con el cuerpo? Así lo hizo.
El buen tono para Gerda era como un gato descansando, relajado, acurrucado en un
rincón del cuarto o del jardín, pero al mismo tiempo alerta a lo que ocurre a su
alrededor y preparado para saltar, correr o… seguir descansando. Esta relajación del
gato le pareció una Relajación Activa, dispuesta al movimiento y la diferenció de
otras relajaciones en las que los cuerpos están dormidos, abandonados, pesados y
difíciles de mover.
El Método que Gerda creó para investigar el cuerpo partía de algunas preguntas:
Cuando caminan, ¿Con qué pie comienzan? ¿Qué partes de cada pie apoyan
primero y cuáles después? ¿Cuántos huesos pueden palparse en los pies? ¿Y en
las manos? ¿Y en la cabeza? ¿Pueden moverse adentro de la ropa y sentir dónde
les toca? ¿Y dibujar con la oreja en el espacio? ¿Con la nariz? ¿Con el codo?
¿Pueden jugar a caminar con los bordes de los pies? ¿Con los talones? ¿Con las
puntas? ¿Caminar para atrás? ¿De costado? ¿Son capaces de tocar la pared o el
suelo y también a otras personas con partes del cuerpo que no sean las manos o los
pies? Y más preguntas… Ella no estaba tan interesada en las repuestas, sino en
despertar el investigador que cada niña o niño lleva adentro. Ese investigador que
desarma cochecitos y muñecas para saber cómo funcionan. Con este Método,
Gerda ayudó a que las personas escucharan sus cuerpos, encontraran posturas
cómodas para vivir y comunicarse mejor.

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